Como de costumbre y haciendo gala de un sutil uso del lenguaje la han llamado proclamación, no sea que los sectores más reaccionarios armen la de dios con la que está cayendo. Aunque no es sólo cuestión de nombre, en efecto nadie ha puesto una corona en la cabeza de nadie ni tampoco fue así hace casi 40 años con D. Juan Carlos a quien hicieron una ceremonia de unción llamada: «Misa de Espíritu Santo» como equivalente a la coronación. Sus razones tendrían, pero seguro que no son las que publicaron a través de los medios en su momento. Está visto que tanto en aquellos días como ahora, para quienes tomaran la decisión política de cómo manejar con habilidad el protocolo para dejar conformes al mayor número posible de ciudadanos —es una cuestión de imagen y ahí no se pueden cometer fallos bajo ningún concepto—, la imposición física de una corona y toda referencia lingüística a ella no debía ser lo más recomendable. Sin embargo y a pesar del eufemismo, la impresión final que me causa la ceremonia que vi es la de una